domingo, 27 de junio de 2010
Un groso
sábado, 19 de junio de 2010
Abundan
El se hace el enigmático, no porque lo sea sino, porque piensa que a Clara eso le gusta. Se encuentra con su desacierto de manera violenta:
- Vos todo esto que me estás diciendo, lo decís en serio o estás parodiando a los testigos de Jehová?
El boludo, porque no hay otro adjetivo calificativo que valga y porque además “boludo” cuando uno quiere puede ser peor que cualquier otro, contesta con sinceridad.
- No, es que en realidad como vos me hablás de cosas que yo no entiendo mucho, pensé que hablando de un montón de cosas medio raras ibas a pensar que somos parecidos. (SIC)
Clara, paciente, lo mira, medita y decide darle una chance al pobre infeliz.
- Ah! Está bien, y vos porque creés que el pollo quiere cruzar la carretera?
- Eeeemmm…..mmmm…hhmmm porque del otro lado hay un Mc Donalds (SIC) (POSTA!)
- Te preguntaría si querés que te cuente el cuento de la buena pipa, pero me quiero ir ya.
- No, dale, contáme (SIC) (PODÉS CREER?)
Riendo sin vergüenza Clara se levanta, gira para sacar su saco de la silla. Vuelve a mirar al chico en cuestión, ríe otra vez y se aleja caminando con cierta ironía en sus pasos.
Desde el bar donde se encontraban todavía se escucha la risa de Clara.
miércoles, 2 de junio de 2010
Cotidiano
Mientras el pulpo se acerca al lugar desde donde lo miro, una señora de pelos enredados y dientes, algunos pocos, amarillos, tira tomates sobre una mesada de cirugía. Los tomates salen disparados desde su mano, acompañados por un grito, y explotan sobre la superficie blanca y fría. Con desesperación y frío, la señora agarra sin cuidado esos tomates explotados y repite el ataque.
Frente a la señora que grita al tirar tomates pasea un elegante señor, aunque desabrigado, interpretando una canción de esas que hablan de la ciudad. Su voz se tropieza cuando el hombre, torpe, desafina. Pero continúa su show sin notar a la gente que lo mira, sin notar los edificios, sin notar, ni siquiera, el castillo que esta a su lado.
En la puerta de castillo, cuando el hombre pasa cantando. Unas señoras disfrazadas de zorros retroceden unos pasos. El bufón sonríe y les da paso a las coquetas mujeres que corren hacia un pequeño bar donde dos pingüinos les quitan su pieles y les sirven pulpo a la plancha.
Mientras las señoras comen sus pulpos, está cruzando el mar un barco. En el barco el elenco estable continúa con su obra de gente frustrada, triste o apurada. Se miran con envidia cada detalle y luego, como disimulando, un empujón o un codazo. Todos esos actores en escena, que no pueden dejar su papel, se pelan por un lugar en el público que mira con desprecio.
En el público está sentado Claudio. Mira por la ventana. Se sobresalta cuando ve al pulpo. Corre la mirada cuando la suya choca contra la de la mujer de los tomates. El cantante los saluda con un ojo. Las pieles que abrigan a las mujeres le bailan burlonas. Mira la obra que se ofrece en ese mínimo escenario. Decide dejar el público y medita por unos instantes cómo hacerlo. Se convierte en parte de esa obra y se mueve hábilmente hasta un poste inalcanzable que le permitirá abandonar el escenario. En el puerto, cuando deja la embarcación, mira desde abajo y ve a Clara sentada contra la ventana, con los ojos perdidos en el cielo y sonriendo distraída.