miércoles, 24 de noviembre de 2010
Me tenté, y volví a escribir algo.
domingo, 27 de junio de 2010
Un groso
sábado, 19 de junio de 2010
Abundan
El se hace el enigmático, no porque lo sea sino, porque piensa que a Clara eso le gusta. Se encuentra con su desacierto de manera violenta:
- Vos todo esto que me estás diciendo, lo decís en serio o estás parodiando a los testigos de Jehová?
El boludo, porque no hay otro adjetivo calificativo que valga y porque además “boludo” cuando uno quiere puede ser peor que cualquier otro, contesta con sinceridad.
- No, es que en realidad como vos me hablás de cosas que yo no entiendo mucho, pensé que hablando de un montón de cosas medio raras ibas a pensar que somos parecidos. (SIC)
Clara, paciente, lo mira, medita y decide darle una chance al pobre infeliz.
- Ah! Está bien, y vos porque creés que el pollo quiere cruzar la carretera?
- Eeeemmm…..mmmm…hhmmm porque del otro lado hay un Mc Donalds (SIC) (POSTA!)
- Te preguntaría si querés que te cuente el cuento de la buena pipa, pero me quiero ir ya.
- No, dale, contáme (SIC) (PODÉS CREER?)
Riendo sin vergüenza Clara se levanta, gira para sacar su saco de la silla. Vuelve a mirar al chico en cuestión, ríe otra vez y se aleja caminando con cierta ironía en sus pasos.
Desde el bar donde se encontraban todavía se escucha la risa de Clara.
miércoles, 2 de junio de 2010
Cotidiano
Mientras el pulpo se acerca al lugar desde donde lo miro, una señora de pelos enredados y dientes, algunos pocos, amarillos, tira tomates sobre una mesada de cirugía. Los tomates salen disparados desde su mano, acompañados por un grito, y explotan sobre la superficie blanca y fría. Con desesperación y frío, la señora agarra sin cuidado esos tomates explotados y repite el ataque.
Frente a la señora que grita al tirar tomates pasea un elegante señor, aunque desabrigado, interpretando una canción de esas que hablan de la ciudad. Su voz se tropieza cuando el hombre, torpe, desafina. Pero continúa su show sin notar a la gente que lo mira, sin notar los edificios, sin notar, ni siquiera, el castillo que esta a su lado.
En la puerta de castillo, cuando el hombre pasa cantando. Unas señoras disfrazadas de zorros retroceden unos pasos. El bufón sonríe y les da paso a las coquetas mujeres que corren hacia un pequeño bar donde dos pingüinos les quitan su pieles y les sirven pulpo a la plancha.
Mientras las señoras comen sus pulpos, está cruzando el mar un barco. En el barco el elenco estable continúa con su obra de gente frustrada, triste o apurada. Se miran con envidia cada detalle y luego, como disimulando, un empujón o un codazo. Todos esos actores en escena, que no pueden dejar su papel, se pelan por un lugar en el público que mira con desprecio.
En el público está sentado Claudio. Mira por la ventana. Se sobresalta cuando ve al pulpo. Corre la mirada cuando la suya choca contra la de la mujer de los tomates. El cantante los saluda con un ojo. Las pieles que abrigan a las mujeres le bailan burlonas. Mira la obra que se ofrece en ese mínimo escenario. Decide dejar el público y medita por unos instantes cómo hacerlo. Se convierte en parte de esa obra y se mueve hábilmente hasta un poste inalcanzable que le permitirá abandonar el escenario. En el puerto, cuando deja la embarcación, mira desde abajo y ve a Clara sentada contra la ventana, con los ojos perdidos en el cielo y sonriendo distraída.
sábado, 22 de mayo de 2010
Esa vida..
Es que no quería darse cuenta que ya empezaban a terminar los días de primavera. Y triste se lamentaba, sin darse cuenta, por perder la poca vida que le podía quedar.
Camina alrededor de una silla donde cómodamente hace meses el aire se había instalado, al igual que en sus sillones y en su cama. Luego entra a un pequeño salón donde algunos personajes le hablan de historias de cronopios y de famas, otros relatan cuentos de vida en Praga, algunos comentan las historias de luchadores y revolucionarios, y hasta un par que le muestran el mundo en versión papel.
De papel son los ladrillos que lo aturden al entrar a la habitación y con egoísmo cubren las paredes sin dejar lugar para ilustraciones.
Las ilustraciones ocupan otro lugar en su casa, pero ya no las mira porque aburrido está de ellas.
Aburrido y a colores se sienta en su sillón y acaricia al aire acomodado. Prende la tele. Apaga la tele. Mira su celular con ansiedad y lo deja en una mesa que sostiene hojas en blanco. Va a la cocina, la heladera vacía parece hacerle burla cada vez que la abre, mira por la ventana y el cielo gris le ordena no salir de su casa.
Decide quedarse ahí, como todos los días, solo... esperando que sucedan cosas maravillosas, convencido de conocer el mundo, convencido de que escribir lindo perdona la mediocridad, convencido de que llegará el día en que su vida cambie, convencido de que no terminará la primavera.
viernes, 14 de mayo de 2010
Algo divertido
La primera impresión no estuvo muy bien: los árboles de brazos largos querían arañarla, las hojas se suicidaban desde lo alto en un intento de atacarla y derrumbarla. Quería irse, correr y escaparse antes de que se den cuenta que ella estaba ahí. El viento gritaba como un loco, como uno de esos locos que uno no quiere ver, porque escuchar es suficientemente tenebroso.
Los gritos empezaron a callar y un silbido suave y tranquilizador entraba por sus oídos invadiendo luego todo su cuerpo.Segundos más tarde la furiosa naturaleza se convirtió en un bosque de telas que querían acariciar su piel. Ahora los pétalos de seda que caían en armonía, como viniendo desde otro mundo, llegaban a la altura de su cabeza con dulzura y tranquilidad, la acariciaban y continuaban su viaje a un piso color plata, un mar de mercurio bajo sus pies.
Sonreía Clara mientras bailaba, sus ojos estaban perdidos en la naturaleza que, caprichosa como es, cambiaba sus formas para sorprendarla una vez más. Esta vez un arcoiris pasó pintando el paisaje, las copas de los arboles se transformaron en formas de caleidoscopio, brillaban en mil colores, las sombras reflejaban verdes y azules translúcidos, llovían mariposas que al mirarlas se reproducían en eco vertical, llegando mas allá del cielo verde agua. Se oían cantos, se escuchaban risas de felicidad, música de duendes.
Las sobras coloridas empezaron a opacarse, el árbol otra vez inmovil, se iba convirtiendo en una estatua natural. Un árbol deprimido que se despedia de sus amigos cada vez que el viento soplaba. Ruidos, muchos ruidos. La realidad ahí, una vez esa realidad que Clara quería abandonar.
Miró al árbol, le sonrió con complicidad y le dijo algo al oído. Por un segundo Clara creyó que el ábrol iba a volver a su colorida forma, que iba a moverse, a abrazarla... una bocina, el sonar de un celular y un crash la hicieron comprender que el juego había terminado, así como cuando en el colegio suena el timbre que marca el fin del recreo y todos tienen que volver a ser un rol en un lugar.